El libro

ÍNDICE

Introducción ……………………………………………….. 9
1. Primeros escarceos ………………………………….. 15
2. La araña y sus consecuencias ……………………. 23
3. Lagartijas de competición ………………………… 31
4. Hormigas borrachas ………………………………… 39
5. Los gusanitos de seda ………………………………. 47
6. Toros y vaquillas ……………………………………… 55
7. El búho del seminario ………………………………. 63
8. La matanza del cerdo ……………………………….. 71
9. A la pesca de cangrejos ……………………………. 77
10. El pez de Tobías …………………………………….. 83
11. Los pichones del Panteón ……………………… 91
12. Un tiranosaurio ruandés ………………………. 99
13. El paraíso del mosquito ………………………… 107
14. Gorilas en la niebla ……………………………….. 115
15. Combate de cuervos y milanos …………….. 123
16. Entre perros y elefantes ……………………….. 131
17. El cazador de serpientes ………………………. 139
18. La muerte de Pluto……………………………….. 147
19. Un papagayo devoto ……………………………. 155
20. Ramsés, faraón de los gatos …………………. 165
21. Sangre en las pirámides ……………………….. 173
22. Los osos de monte Krim ………………………. 181
23. La mona del zoo ………………………………….. 189
24. Palomas de la estepa …………………………… 197
Índice onomástico ……………………………………. 205

 

INTRODUCCIÓN

Soy un hombre de ciudad que, desde de que dejó la niñez, siempre ha gustado de llevar limpios los zapatos. Prefiero caminar sobre el asfalto, aunque me apetezca volver de vez en cuando a la naturaleza. Me agrada practicar el senderismo sobre todo en parajes poco accidentados y bien sombreados. Disfruto y he disfrutado siempre de un paseo por un hermoso jardín. Me viene ahora a la mente el de Powerscourt en Irlanda, con su sugestivo cementerio de perros mascotas decimonónico. Prefiero sin duda las colinas sinuosas a las montañas escarpadas. He sido educado en un mundo cosmopolita y moderno al margen de la naturaleza, en una cultura que no retenía ya el orden natural como modelo y garantía contra el colapso del bien, que aun consideraba la racionalidad como el ámbito especifico del ser humano, pese a deslizarse en la práctica hacia la exaltación de lo instintivo y del individualismo relativista, no sin ciertos remordimientos ecológicos por el daño impuesto al planeta y al equilibrio de los seres que lo comparten con nosotros. Me considero lo contrario de un aventurero. Mi vida, sin embargo, se ha visto envuelta en no pocas peripecias, aunque vista desde fuera pueda parecer lo contrario. Desde pequeño he tenido encuentros con animales de toda especie, aunque sea mucho más factible tenerlos en el campo que en el barrio madrileño de Salamanca, en el que nací el 19 de noviembre de 1955 y en el que transcurrieron mis primeros seis años, con la sola interrupción de las vacaciones estivas, pasadas en las ciudades de las que provenían las familias de mis padres —la materna Huelva y la paterna Granada— o en sus aledaños.

Mis contactos con los seres del reino animal han sido ocasionales, ciertamente no buscados, hecha excepción de la natural curiosidad de la infancia —para los niños los animales son como juguetes animados— y aunque amo profundamente la naturaleza, la prefiero humanizada. Nunca he sido de esas personas que quieren tanto a los animales que no les quedan fuerzas para amar a sus semejantes o al menos para intentarlo. Ni mucho menos de aquellas que, asqueadas de su prójimo, buscan refugio afectivo en seres irracionales, que si bien hablar no pueden, muestran en no pocas ocasiones sentimientos que nosotros mismos consideramos nobles. Me refiero evidentemente a seres como los perros, no como las mariposas, pese a que haya quien ha reducido su mundo a coleccionarlas y me parece hablar con conocimiento de causa.
Con unas premisas tan decepcionantes y sin ninguna titulación especializada, uno puede preguntarse cómo he tenido el valor de escribir un libro sobre animales. Pues bien, aunque todo lo afirmado anteriormente es cierto, hace ya mucho tiempo que algunos amigos me invitaron a poner por escrito las historias que les contaba sobre ellos. Así que, ahora que no me faltan años y tengo un poco de tiempo a disposición, he considerado que sea un buen momento para retomar la pluma como autor privado y tratar de escribir algo original, bello y verdadero, sin pretender embarcarme en la escritura de un tratado de zoología ni mucho menos en la de un libro de fábulas. Lejos quedan los fabulistas de la era ilustrada. Simplemente he querido dejar constancia de unos hechos vitales que, de no haberme puesto a recordar y reordenar, me habrían pasado probablemente inadvertidos, por lo que el libro al final ha ido adquiriendo un carácter casi autobiográfico. Estoy convencido de que cada cual podría contar historias semejantes. El caso es que éstas son las que he vivido yo en primera persona y al referirlas como ejercicio literario se han ido convirtiendo —a medida que escribía— en introspección a la busca de recuerdos y explicaciones, de modo que anécdotas baladíes vividas superficialmente han adquirido un espesor que precedentemente no había intuido ni detectado, sin por ello desvelar lo que se ha vivido como misterio y que nunca puede ser desentrañado del todo.

Es lo que sucede cuando uno escribe: escoge, afina, define, limpia y plasma. Y de esta forma lo que ocurrió una vez se consigna definitivamente y queda, por así decirlo, petrificado, aunque las resonancias que provoque en el lector puedan ser distintas según su momento vital. La tinta detiene el tiempo y permite que pueda ser revivido, re-visitado, aun cuando sus protagonistas estén muertos desde hace años. Habría podido relatar cosas más interesantes y ciertamente más sustanciales, pero serían historias de seres humanos, que es preferible que permanezcan calladas. Algunos datos, sin embargo, que en nada comprometen, y no pocas anécdotas simpáticas, aparecen en este volumen para situar a las animalescas. Pero son las mínimas ya que, habida cuenta de mi condición de eclesiástico y diplomático, escriba lo que escriba siempre habrá alguien dispuesto a descontextualizarlo.

En cierta ocasión le preguntaron al cardenal Agostino Casaroli, secretario de Estado del papa Juan Pablo II, cuál era en su opinión el mejor diplomático. «Aquel que sea capaz —habría contestado— de tener por más tiempo atrapado el interés de un jefe de Estado sin referirle nada importante». Así que trataré de hacer algo semejante, con algo que ciertamente no es importante, pero que puede resultar entretenido y didáctico. No se trata de contar fábulas o cuentos, lo repito; aquí los animales ni hablan ni tienen sentimientos, virtudes o vicios humanos. Son sin más lo que son. Se trata de trasmitir mis experiencias y observaciones directas a lo largo de mis 57 años, y de hacerlo con el estado de ánimo que tenía cuando los encontré. Ser niño de nuevo, joven otra vez, para revisitar desde la madurez lo que fue y hoy no habría sido, porque cada cosa en la vida tiene su tiempo y su momento y quien no lo intuye es que vive a contratiempo.

Las historias no tienen nexo entre sí, de no ser la presencia del narrador. Están presentadas en orden cronológico y eso requiere tener presente que la percepción personal, pero también social, que hoy tenemos de los animales no es la misma que hace cincuenta años. Tampoco se les considera de la misma manera en una cultura que en otra, por lo que ciertas historias que hoy nos parecen crueles, no lo eran en otro tiempo y circunstancias. Con qué facilidad nos constituimos en jueces de los otros, para condenar en ellos lo que nosotros mismos hubiéramos hecho en su lugar. O viceversa, realizamos sin complejos hoy algo que nuestros semejantes de otras épocas hubieran condenado sin titubeos. No tiene este libro por objeto el juzgar. Si te gusta, disfrútalo y si no, ya sabes, a otra cosa, que hay muchas que hacer, aunque sirvan de poco. […]

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